✈️ Viajar no es mi hobby. Es mi forma de vida

✈️ Viajar no es mi hobby. Es mi forma de vida

Hay gente que viaja una vez al año. Se coge sus vacaciones, elige un destino, reserva todo con meses de antelación y vuelve con mil fotos y un imán para la nevera. Y está genial. Pero esa no soy yo. Bueno, lo de los imanes si 😉

Yo no viajo para desconectar de mi vida. Viajo porque esa ES mi vida.

Llevo más de diez años con un portátil bajo el brazo y el mundo entero como oficina. Más de 85 países. Y la cuenta sigue. No porque esté coleccionando sellos en el pasaporte (de hecho, repito muchísimos destinos), sino porque no conozco otra forma de estar en el mundo que me haga sentir tan viva.

 

No elegí este estilo de vida. Me eligió a mí.

Hubo un momento, hace muchos años, en el que me di cuenta de algo: la rutina me apaga. No es que no sepa seguirla. Es que cuando lo hago, algo dentro de mí se va quedando pequeño. Como si el día a día repetido me fuera encogiendo sin darme cuenta.

En cambio, cuando viajo, todo se expande. Pienso mejor. Decido mejor. Soy más yo. Funciono con la improvisación, con el “sobre la marcha”, con el cambio de planes a las tres de la tarde porque alguien te ha recomendado un sitio que no estaba en tu ruta. Hay quien llama a eso caos. Yo lo llamo mi sistema operativo.

No fue una decisión dramática ni un momento eureka. Simplemente, un día dejé de intentar encajar en una vida que no me iba y organicé todo lo demás alrededor de la que sí: una vida en movimiento.

 

Solo necesito internet

Mi oficina ha sido una cafetería en Buenos Aires, una camper en Australia, la terraza de un apartamento en Seychelles, un coworking en Medellín y la mesa de una cocina en un pueblo de Japón cuyo nombre no sé escribir. He contestado correos con vistas al Mekong y he cerrado proyectos desde una hamaca en la Polinesia Francesa.

¿Qué necesito para trabajar? Un portátil y conexión a internet. Nada más. Bueno, y un café, pero eso lo encuentras en cualquier esquina del planeta.

Llevo más de una década demostrándome que se puede trabajar en serio desde cualquier sitio. Que no necesitas un despacho, ni un horario fijo, ni una silla ergonómica para ser productiva. Necesitas disciplina, sí. Necesitas saber organizarte. Pero sobre todo necesitas tener claro que esta vida es posible. Porque lo es. Yo la vivo cada día.

¿Que hay días complicados? Claro. Conexiones que se caen en el peor momento, husos horarios que no cuadran, buscar un enchufe como si fuera el Santo Grial.

 

Mis hijos nacieron viajando

Cuando tuve hijos, mucha gente asumió que pararía. Que eso de vivir viajando se acababa. Que ahora tocaba “sentar la cabeza”. Me lo dijeron con todas las letras y con todas las buenas intenciones del mundo.

Pero hice justo lo contrario. Mis hijos llevan viajando desde que nacieron. Literalmente. Han cruzado continentes en brazos, han dormido en más aeropuertos de los que recuerdan, han comido cosas que no sabían pronunciar y han jugado con niños con los que no compartían ni una sola palabra.

No lo hago porque sea fácil. Lo hago porque creo profundamente que es la mejor educación que les puedo dar. Puedes explicarle a un niño cómo es el mundo o puedes enseñárselo. Yo elijo enseñárselo.

Mis hijos saben que hay mil formas de vivir y que ninguna es más válida que otra. Saben adaptarse. Saben que la gente, en todas partes, es más parecida de lo que parece. Saben saludar en idiomas que olvidan a la semana, pero el gesto se queda. La curiosidad se queda. La apertura se queda. Y eso vale más que cualquier nota en cualquier examen.

 

Cuanto más viajo, menos turista soy

Hay una evolución que le pasa a todo el que viaja mucho. Al principio quieres verlo todo. Los monumentos, los miradores, las fotos clásicas. Normal. Pero llega un punto en el que eso deja de interesarte.

Yo estoy en esa fase desde hace años. Cada vez busco sitios menos turísticos. Menos conocidos. Más auténticos. Me interesa más un mercado local a las seis de la mañana que la catedral que sale en todas las guías. Me interesa más cenar en casa de alguien que en el restaurante con mejor puntuación en TripAdvisor.

Busco lo que no se puede googlear. La conversación con el pescador que te lleva en su barca porque le has caído bien. La receta que una abuela te explica con gestos porque no habláis el mismo idioma. El pueblo donde nadie te pregunta de dónde vienes porque simplemente te acogen.

El viaje, para mí, ya no va de ver sitios. Va de sentirlos. De llegar a un lugar y dejar que te cuente su historia a su ritmo, sin prisas, sin checklist. De quedarte un día más porque algo te ha atrapado y no sabes explicar qué. De perderte a propósito porque los mejores descubrimientos están siempre donde no los esperabas.

 

Viajar me regula

Esto es lo que más me cuesta explicar y lo que más necesito que se entienda: viajar no es mi escapatoria. Es mi equilibrio.

Cuando llevo demasiado tiempo en el mismo sitio, lo noto. Me noto. Algo se desajusta por dentro. Me falta aire, me falta estímulo, me falta esa electricidad de no saber qué va a pasar hoy. No es ansiedad. Es necesidad. Como quien necesita hacer deporte o necesita silencio. Yo necesito movimiento.

En la carretera pienso con más claridad. En un sitio nuevo soy más creativa. Con una mochila al lado tomo mejores decisiones. Suena raro, lo sé. Pero después de más de una década viviendo así, ya no intento justificarlo. Simplemente lo acepto: esta es mi forma de funcionar. Y funciono muy bien así.

 

Esto no es un paréntesis. Es la vida entera.

A veces la gente me habla de este estilo de vida como si fuera una fase. Algo temporal. “Ya pararás”, “ya te cansarás”, “ya llegará el momento de sentar la cabeza”. Llevo más de diez años esperando ese momento y no llega. Y honestamente, espero que no llegue nunca.

Porque esto no es una aventura con fecha de caducidad. Es una decisión consciente, sostenida, trabajada cada día. Es elegir, cada mañana, que la libertad pesa más que la comodidad. Que la experiencia vale más que la seguridad de lo conocido. Que un mundo entero por descubrir es más interesante que cualquier zona de confort.

No necesito mucho. Un portátil, wifi, mi familia, amigos y ganas. Con eso tengo una vida que mucha gente me dice que envidia, pero que en realidad está al alcance de cualquiera que se atreva a montársela diferente.

No sé dónde estaré el mes que viene. Y eso, lejos de darme vértigo, me da vida.